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El Club Liber Cogitatio abre el ciclo 2023-2024 con una ponencia sobre la fraternidad

La «fraternidad» ha sido una noción que, más allá de pretender mostrar un ideal ingenuo y feliz de las sociedades humanas, ha estado, sobre todo, un objetivo político

J.M del Pozo

El pasado viernes 22 de septiembre se celebró en Castell d’Aro el acto de inicio de ciclo del Club Liber Cogitatio. El acto, presentado por el presidente del club Andrés Cascio, se desarrolló con la colaboración de la Asociación Ciudades por la Fraternidad y contó, también, con representación del Ayuntamiento de Castell-Platja d’Aro y S’Agaró. El acto se retransmitió por streaming con la voluntad de que pudiese ser seguido desde otros lugares del mundo.

El coloquio del acto fue introducido por la ponencia «La fraternidad y sus expresiones filosóficas» del Dr. Joan Manuel Del Pozo, donde se desarrolló un análisis sobre el modo en cómo se ha tratado el concepto de “fraternidad” a lo largo de la historia de la filosofía. Atendiendo a la etimología, “fraternidad” hace referencia a la hermandad y se trata, en efecto, de una concepción según la cual todos los miembros de una sociedad son hijos de una misma tierra madre. Desde Platón, pasando por Aristóteles, las escuelas epicúreas y estoicas, el cristianismo, la revolución francesa, Stuart Mill y otros autores contemporáneos como John Rawls, la fraternidad ha sido una noción que, más allá de pretender mostrar un ideal ingenuo y feliz de las sociedades humanas, ha estado, sobre todo, un objetivo político. Además de este recorrido por la historia de la filosofía, del Pozo ha analizado cuáles son las características concretas de la fraternidad que pueden contribuir a la ampliación de las democracias y ha realizado un diagnóstico sobre cuáles los desafíos más importantes a los que se enfrenta la fraternidad en el mundo actual.

La fraternidad, en definitiva, ha estado caracterizada como el punto de equilibrio necesario entre el individualismo y el comunitarismo colectivista más extremos, al mismo tiempo que se erige como el vértice que sostiene la Libertad y la Igualdad en una sociedad justa.

Aquí tienen el video de la conferencia: https://youtu.be/0Aey4TR5BD0

Paule Mink entre el socialismo y el librepensamiento en España (1892), por Eduardo Montagut

Paule Mink (1839-1901) fue una mujer de intenso compromiso feminista y socialista, de origen social elevado polaco, pero cuyos progenitores le enseñaron la importancia del socialismo utópico, desarrollando desde muy joven una clara conciencia librepensadora y feminista. Escribió en la prensa, participó en la Primera Internacional, y sobre todo, en la Comuna de París. También se vinculó al mutualismo según las ideas de Proudhon. Posteriormente, participaría del complejo desarrollo del socialismo francés, además de seguir con su lucha feminista en la prensa, y fundando organizaciones. Pues bien, en 1892 Mink acudió al Congreso de Librepensamiento que se tenía que celebrar en Madrid, pero que Cánovas del Castillo suspendió.

Pues bien, en esta pieza nos acercamos al encuentro que tuvo con los socialistas españoles en Madrid. Nos interesa, además, porque Mink expuso en un escrito sus ideas socialistas sobre el librepensamiento que se ajustaban a lo que defendía el PSOE sobre el mismo, frente al que defendería el republicanismo español, con el que los socialistas encontraban otro motivo de enfrentamiento.

El Socialista protestó por la prohibición gubernativa al considerar que había sido una decisión arbitraria, e informaron del encuentro que habían tenido con Paule Mink. Los socialistas se lamentaban también de esta prohibición porque se habría privado a Madrid de poder escuchar las ideas de Mink, que, a buen seguro, no habría gustado a lo que el periódico socialista español consideraba la “turbamulta de republicanos de todos los colores que constituían el núcleo principal de aquella Asamblea”.

Ante esta prohibición Mink estuvo muy poco tiempo en la capital española porque tenía compromisos en Barcelona para impartir una conferencia y asistir a un mitin. En todo caso, quiso dejar un escrito, que se publicó en el periódico obrero.

Mink explicaba en su texto que había sido elegida representante del fallido Congreso por varias organizaciones: Unión de Librepensadores de Hérault (grupo “Víctor Hugo”), la Federación del Libre Pensamiento de Marsella y por el Libre Pensamiento de Orán (Argelia). Además, de dichas organizaciones, siempre según nuestra protagonista, habría recibido el mandato de defender en el Congreso los principios del socialismo revolucionario y los derechos del pueblo trabajador. Pero, además, representaba a dos publicaciones, La Revue Socialista y La Question Sociale. Con eso quería dejar claro cuáles eran sus ideas sobre el librepensamiento y el socialismo.

Efectivamente, Mink afirmaba que el librepensamiento no era más que una de las fases de la emancipación humana, y que no se realizaría la liberación religiosa más que con el triunfo del socialismo. Mientras el obrero estuviese bajo la dominación de un patrono no tendría una verdadera independencia ni en su conciencia, ni en su vida económica y política.

Por eso Mink quería explicar en el Congreso madrileño que para ser consecuentes con el librepensamiento había que ser socialista y luchar por la verdadera emancipación de la Humanidad en su triple dimensión: moral, material e intelectual.

Nuestra protagonista insistía en que los socialistas eran anticlericales, pero el clero no era el único explotador. El clericalismo seguiría existiendo mientras hubiera capitalistas para sostenerlo. La transformación económica, el fin del sistema del salario, era el único medio para terminar con el poder del clero. El pueblo se vería libre de la explotación y de los prejuicios religiosos. El fin de la explotación evitaría que el hombre buscase un “paraíso extraterrestre”, ya que la felicidad reinaría en la tierra con el triunfo de la solidaridad. En la sociedad socialista el paraíso sería humano, social, y la única religión que existiría sería la de realizar el bien y la felicidad de todos.

Hemos consultado el número 346 de El Socialista. Sobre el anticlericalismo socialista este autor ha publicado diversos trabajos en El Obrero. Sobre el anticlericalismo socialista español es importante acudir a:

Arbeloa, Socialismo y anticlericalismo, Madrid (1973).

Gómez Llorente, Aproximación a la historia del socialismo español hasta 1921, Madrid (1976), en el capítulo correspondiente a la posición anticlerical del Partido. Mate y V. Arbeloa, “La crítica de la religión en el socialismo español”, Sistema, 31 (1979).

Ya está disponible el número 12 de la Revista «tea»

La Asociación Civil 20 de septiembre acaba de publicar el número 12 de su revista «tea». En esta ocasión, la revista trata de, entre otras cuestiones, Inteligencia Artificial y laicismo.

Aquí tienen disponible la revista .

No olviden visitar la web de la Asociación Civil 20 de septiembre, cuyo propósito es difundir el librepensamiento, la tolerancia y el humanismo.

El reto de la igualdad como principio ideológico

El primer individuo al que, tras haber cercado un terreno, se le ocurrió decir“esto es mío y encontró gentes lo bastante simples como para hacerle caso, fue el verdadero fundador de la sociedad civil. Cuantos crímenes, guerras, asesinatos, cuántas miserias y horrores no le hubieran ahorrado al género humano el que, arrancando las estacas o cegando el foso, hubiera gritado a sus semejantes: “Guardaos de escuchar a este impostor; estáis perdidos si olvidáis que las frutas a todos pertenecen y que la tierra no es de nadie”.

Jean-Jacques Rousseau. El contrato social. 1762.

«El ser humano era libre, hasta que se rompe el encantado natural de estar integrado en la naturaleza, hasta el momento en que el sentido de la propiedad, “esto es mío”, “que hay de lo mío”, introduce el modelo de desigualdad moral, socialmente vinculada mediante un contrato y se aleja de la razón de la naturaleza misma».

Ensayo filosófico de Jean-Jacques Rousseau, cuyo título completo es el Discurso
 sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres (1755).

La igualdad natural es propia de todo el género humano por naturaleza, es decir, desde el comienzo, con 30 días de vida nacido de parto normal o por el milagro del bisturí y ningún hombre o mujer puede tener más derechos que otros, ni tampoco menos, todos deberíamos ser igualmente libres. Lo que implica que, sin igualdad, no hay libertad.

La igualdad a lo largo de los tiempos, tal y como afirma Thomas Piketty, es fruto de luchas y rebeliones contra la injusticia y resultado de un proceso de aprendizaje de normas, usos y costumbres, sistemas legales, sociales, y, sobre todo, educativos que, bien articulados, constituyen la supuesta base igualitaria de la sociedad en la que vivimos.

Pero no es así, este proceso se ve debilitado por la amnesia histórica y porque, tras las vivencias cotidianas, no es fácil comprobar cómo el equilibrio es mucho más que frágil y la desigualdad es el signo característico de las sociedades organizadas en la actualidad, desde las sociedades primarias hasta las más complejas.

La consigna marxista, (programa de Gotha, 1875) de “a cada uno según sus necesidades y a cada uno según sus capacidades”, (aunque también encontramos el concepto en la parábola de los talentos en el evangelio de San Mateo), obedece a un principio idealizado del bien común. La sociedad acepta solamente y presuntamente la igualdad ante la ley y mantiene intactos los mecanismos de explotación del hombre por el hombre, o mejor aún, permite que algunos colectivos humanos que, alegando su derecho de preservación, explota a otros colectivos, es decir naciones contra naciones, estados que explotan a otros estados, corporaciones que explotan a sus recursos humanos, etc.

Así es como se perfilan las naciones del primer o el tercer mundo, continentes de primera, como Europa o continentes de la trastienda de la humanidad, como África.

La pobreza, la marginación, la miseria y las desigualdades sociales no son algo históricamente superado. De los 5.660 millones de humanos que pueblan la tierra, sólo 1.200 millones viven en el primer mundo desarrollado; el resto lo hace en países del Tercer Mundo, subdesarrollado y algunos incluso pueblan los países del infradesarrollo.

Pero tratar la igualdad exclusivamente desde el punto de vista de la posesión de medios y bienes, del reparto de la riqueza o aún más de los derechos jurídicos, tal vez resulte demasiado simplista y es por ello por lo que el tratamiento de la desigualdad no puede ser abordado solo en un aspecto, el de la servidumbre o todo aquello que es atinente a las políticas capitalistas o regímenes que regulan las posesiones materiales e incluso intelectuales. Hay que analizar, también, la igualdad debido a culturas y/o de etnias, la igualdad de género, la igualdad de oportunidades y, en especial, aquellas que puedan conducir a la adquisición de conocimiento y al destierro de la ignorancia. La igualdad, en definitiva, en relación con la dignidad y en consonancia con la libertad de pensamiento.

Pero analicemos la igualdad desde otra perspectiva: ¿Es posible alcanzar culturas igualitarias? En los últimos años, varios antropólogos han llamado la atención sobre lo que llaman “sociedades igualitarias”, algunas de las cuales han investigado directamente a través del método de observación participativa.

Estas sociedades se encuentran en diferentes partes del mundo, por lo general, en nichos ecológicos aislados, e incluyen a los Hadza de Tanzania, los Mbuti del Zaire, los Bushmen Kung de Botswana y Namibia, y los Negritos Batek de Malasia.

No hay desigualdades claras de riqueza, poder o estatus entre ellos; además, no son ‘igualitarios’ por defecto, sino que enfatizan conscientemente el valor de la igualdad y la practican activamente[i]

En Tehuantepec, (región ubicada en el estado mexicano de Oaxaca) o en los kunas de Panamá, constituyen sociedades en donde, no es que haya un predominio y un poder mayor de las mujeres, sino que son culturas con unos valores hegemónicos cuya consecuencia es la presencia de mayor igualdad social e igualdad de género (Gómez, 2008, 2009, 2010, 2011). Águeda Gómez Suárez∗ Universidad de Vigo (España).

Por consiguiente, al menos en la experimentación de laboratorio, sí es posible. ¿Dónde se encuentra, entonces, la base para alcanzar la igualdad?

Spinoza, en su libro sobre Ética, propone que tanto hombres como mujeres deben aspirar a la verdadera esencia de la igualdad que conduce a la libertad, buscándola en la libertad interior. La clave propuesta, no solo por Spinoza, sino también por Thomas Hobbes, la base para alcanzar paulatinamente esa condición de igualdad estriba en el papel fundamental de la educación.

Por otra parte, Nietzsche afirma que ni existe la igualdad, ni la queremos, y es posible que tenga razón, pero ello es culpa de la educación recibida, el adoctrinamiento y condicionamiento en el pensar, sobre todo por los progenitores, artífices de la educación esencial. Por consiguiente, lo que existe efectivamente es que los seres humanos, al menos hasta el día de hoy, somos desiguales.

Sin embargo, aún existe otro factor para tener en cuenta, y es la necesaria capacidad de comprender a los otros desde la discrepancia, que resulta imprescindible desarrollar para afianzar una sociedad igualitaria.

La diferencia en el paquete de ideas, usos y costumbres que cada ser humano posee y que ha ido acumulando mediante imputs y conocimientos adquiridos, según determinadas circunstancias a lo largo de la vida y que mediante la educación y la socialización, han configurado una determinada forma de ser y de pensar (es lo que hemos dado en llamar personalidad) y eso hace que en la práctica sea muy difícil encontrar dos seres humanos con un comportamiento y un pensamiento idéntico, por tanto, en este sentido no todos somos iguales y, por consiguiente, constituye un requisito básico el respeto y la comprensión desde la diferencia.

La globalización que sobrevino a la caída del régimen soviético y que implicó, en la práctica, la hibernación casi permanente de la propuesta comunista (al menos de momento), trajo aparejado un crecimiento económico de la producción, sumado a una difusión de los conocimientos y a un aumento desregulado de la comunicación con el empleo de las nuevas tecnologías de la información; pero, sin embargo, se han mantenido intactas las estructuras profundas del capitalismo y su importancia macroeconómica. Esta situación se vio aún más agravada por la gran crisis del año 2008, que hizo tambalear las estructuras del sistema y que, de alguna manera, indujo, aunque débilmente, a repensar el capitalismo neoliberal. Pero habría que añadir que la globalización nunca alcanzó a las personas, no ha existido nunca una globalización social, se quedó en una mera mundialización de la economía. ¿Existió en realidad alguna transformación con la globalización?

Algunos pensadores de este siglo se plantean dicho análisis y se expresan: “Ahora tenemos que estudiar qué sucede con la desigualdad en la distribución de los ingresos y de las riquezas: ¿En qué medida las estructuras de la desigualdad, con respecto al trabajo y al capital, se transformaron realmente desde el siglo XXI?. Thomas Piketty[ii]

Los diferentes fenómenos que se han venido sucediendo en el primer cuarto de este siglo XXI: Pandemia Covid19, explosión del Yihadismo, guerras constantes en una intolerable y –lamentablemente- enorme extensión geográfica, en una multitud de estados africanos y también en los países de Próximo Oriente, desde Yemen a Irak, de Siria a Palestina; y las conflagraciones bélicas en territorios del Mar Negro, entre la Federación Rusa y Georgia, Ucrania, etc. por el control del Mar Negro, han provocado un aumento de la desigualdad, especialmente en determinados espacios geopolíticos y, al mismo tiempo, se suman incrementadas las desigualdades étnicas impulsadas por la nueva ultraderecha, herederas de los viejos fascismos del siglo XX, convertidos hoy en ultranacionalismos populistas y en muchos casos con una marcada autocracia.

La desigualdad por razón de sexo, raza y pobreza (distribución desigual de ingresos y riqueza), no sólo no tienden a desaparecer, sino que se afianzan en distintas zonas del mundo, a lo que habría que agregar los fundamentalismos religiosos y la enormemente deficiente educación en la mayor parte del mundo.

Si atendemos a que no puede haber una verdadera libertad si no existe la igualdad y a lo expresado anteriormente, podemos deducir que el gran reto para una política de progreso en lo que queda de siglo, lo encontraremos en un sistema que albergue los mecanismos necesarios para erradicar la desigualdad y la principal herramienta para alcanzarlo está, sin ninguna duda, en una mejora de la educación a nivel global, pero no estoy hablando solamente de la escolarización, sino más bien de la educación esencial, que se da en el seno de la familia, de la educación desde los entornos de socialización, y es allí donde nos encontramos también con algunas herramientas fundamentales que deberían ser objeto de debate para su transformación, y con ello me refiero a los medios de comunicación de masas y a aquellos medios facilitadores de información y “formación inducida” que se distribuyen a través de las nuevas tecnologías de la comunicación.

Pues, así como el ser humano cuando
alcanza su perfección es el mejor de los
animales, así también, fuera de la ley y la
justicia es el peor de todos.

Aristóteles.

La pobreza y la ignorancia siempre han degradado la condición humana y, por consiguiente, el concepto de justicia también va estrechamente asociado al concepto de igualdad, otra cosa es si es posible o no alcanzar una sociedad verdaderamente igualitaria.

Los estudios empíricos del último siglo han especulado sobre la existencia y las perspectivas de igualdad en las sociedades pasadas y futuras.  Aquí encontramos una división de opiniones, algunos sociólogos, pensadores y científicos han argumentado que la desigualdad es una característica inherente de todas las sociedades y que el ser humano es envidioso y celotípico por naturaleza; mientras que otros han sostenido que las sociedades igualitarias han existido en el pasado, incluso en épocas “prealfabéticas” y, por tanto, pueden existir en el futuro y, es más, pueden ser el eje orientativo de una nueva política socialista. Una política para alcanzar sociedades fraternalmente estructuradas y basadas en los principios de igualdad y libertad. En este punto acuden a mi mente los pensamientos vertebradores que alumbraron la revolución francesa y que aún, 233 años más tarde, no hemos conseguido materializar.

Claro está que los seres humanos son diferentes, dependiendo del desarrollo de sus habilidades, de su talento o capacidades, y  también desde la perspectiva emocional y del desarrollo evolutivo de cada persona y, en definitiva, por la construcción armónica o inarmónica de su personalidad, pero estas características deberían ser los únicos patrones de medida; es necesario destacar que ninguno de ellos obedece a una razón étnica, de diferenciación sexual y ni mucho menos marcado por la diferencia de ingresos o de posesión de riqueza, y ni tan siquiera dogmática.

“Existe un concepto globalizable de justicia a pesar de las diferencias culturales. Este concepto se basa en la igualdad con miras al establecimiento de un orden jurídico global democrático” que, más allá de cualquier frontera física, geográfica o mental, “garantice la administración de la justicia al interior de y entre los Estados”. [iii] El objetivo es establecer una igualdad que garantice la ausencia de cualquier tipo de discriminación y, por supuesto, que sea equitativa. (El concepto de equidad lleva implícita una idea de justicia en relación con una situación deseable).


[i] (Woodburn 1982:931-2).

[ii] Thomas Piketty, El Capital del Siglo XXI. Fondo de Cultura Económica.2015

[iii] Por: Otfried Höffe Centro de Investigación Politische Philosophie Seminario de Filosofía de la Universidad de Tubinga Tubinga, Alemania sekretariat.hoeffe@uni-tuebingen.de

El origen de la Liga Nacional Laica en España, por Eduardo Montagut

El 31 de diciembre de 1929 se publicaba en El Socialista uno de los documentos más importantes de la Historia del laicismo en España. Estamos hablando del texto que escribió Luis Araquistáin sobre la necesidad de crear una Liga Nacional Laica.

“¿Por qué no existe en España una Liga Laica?”, se preguntaba el intelectual y político socialista. La Liga tendría que cumplir, entre otros objetivos, conseguir que en España no fueran enterrados “católicamente” los que habían muerto como habían vivido al margen de la religión católica. De esa manera se evitarían hechos, calificados como vergonzosos, como el caso de un “ilustre escritor liberal”, que fue enterrado por la Iglesia, contra la voluntad del finado, mientras la opinión pública, sin conocer la verdad, consideraba que era otro que, en el último momento, se había arrepentido, fomentando, de esa manera el escepticismo popular sobre la firmeza de las convicciones de los personajes más representativos.

En todo caso, Araquistáin admitía que muchos liberales españoles, muy laicos y anticatólicos “de boquilla” alentaban con su actitud ese escepticismo popular no tanto en la hora de la muerte donde se podía justificar el cambio por el desfallecimiento final, sino por su actitud en vida, ya que, sería muy difícil encontrar alguno que se hubiera casado solamente por lo civil, que no hubiera bautizado a sus hijos, o que no los enviase a un colegio religioso. Araquistáin arremetía con energía contra el concepto de tolerancia de muchos anticlericales, que enarbolaban esa bandera contra la intolerancia. Y en esto salía su socialismo, ya que se preguntaba cuántos de esos liberales anticlericales serían tolerantes si un estado socialista les expropiara sus bienes adquiridos “abusivamente”. En el fondo seguían siendo católicos. Para Araquistáin un católico no podía ser liberal, o a esos liberales les convenía tener a la Iglesia de aliada, un factor fundamental para entender que siguiera teniendo tanto poder en España.

Por eso, proponía la creación de una Liga Laica para defender a los que querían morir como habían vivido, pero también para defenderlos en vida, alentando su libertad de conciencia y la de sus hijos. La Liga se convertiría, por lo tanto, en un apoyo fundamental para los laicos en España. Este asunto sería capital en la futura Liga Nacional Laica, especialmente atenta a las grandes dificultades que una persona laica tenía, especialmente, en el ámbito rural en la España de la época.

En 1930 se constituyó la Liga Nacional Laica en España. Contamos con dos estudios muy interesantes sobre la misma. En primer lugar, estaría el trabajo de Julio Ponce Alberca, “El laicismo español en los prolegómenos de la Segunda República. La Liga Nacional Laica (1930-1937)”, publicado en Hespérides, (1993), y, luego, el más reciente de Julio de la Cueva Merino, “Socialistas y religión en la Segunda República. De la Liga Nacional Laica al inicio de la Guerra civil”, en el libro de Izquierda obrera y religión en España (1900-1930), del año 2012.

El manifiesto fundacional de la Liga Santa se publicó en el número del 10 de junio de 1930 de El Socialista. Aporta algunas claves sobre la presión social que ejercía el catolicismo en la España que comenzaba la intensa década de los treinta, y de los intentos de establecer el Estado laico en España, en vísperas de la proclamación de la Segunda República.

Los miembros de la Liga se lamentaban que hubiera que seguir luchando por los derechos de las minorías que no profesaban la religión del Estado. Esas minorías no podían dar testimonio de su conducta, y debían mantenerse en la esfera de lo privado. La Liga insistía mucho en la presión social en relación con las creencias. Habría una influencia inquisitorial y una tradición gregaria que impulsaba a la sociedad y a los poderes a combatir a los disidentes cuando aspiraban a ocupar un lugar público. Para ello se empleaban todos los medios de coacción. En España quien se manifestaba como no católico si no disfrutaba de una determinada posición económica, social o intelectual sufría claramente esa presión.

La secretaría de la Liga publicó un manifiesto en el que informaba sobre esta asociación fundada en Madrid, y que nada más nacer sufrió un duro ataque de El Debate, aunque también había recibido muchas adhesiones y hasta algún donativo sustancioso. Los miembros de la Liga querían dejar claro que no pretendían combatir creencia alguna. En su seno cabía todo el mundo, incluidos los que profesasen alguna confesión religiosa, porque el objetivo de la Sociedad no era atacar a nadie, sino defender el derecho de cada persona a tener y exteriorizar sus ideas en materia religiosa y sus derivaciones, es decir, en relación con las cuestiones de la vida espiritual de las personas, y que la mayoría de los españoles, siempre según el texto, resolvían siguiendo las soluciones que brindaba la Iglesia, o la “religión oficial”. Se estaban refiriendo a cuestiones relacionadas, por ejemplo, con la muerte, los cementerios, y otros momentos de la vida que monopolizaba la Iglesia.

Los miembros de la Liga se lamentaban que hubiera que seguir luchando por los derechos de las minorías que no profesaban la religión del Estado. Esas minorías no podían dar testimonio de su conducta, y debían mantenerse en la esfera de lo privado. La Liga insistía mucho en la presión social en relación con las creencias. Habría una influencia inquisitorial y una tradición gregaria que impulsaba a la sociedad y a los poderes a combatir a los disidentes cuando aspiraban a ocupar un lugar público. Para ello se empleaban todos los medios de coacción. En España quien se manifestaba como no católico si no disfrutaba de una determinada posición económica, social o intelectual sufría claramente esa presión. La situación era aún peor cuanto más pequeño fuera su lugar de residencia. Era común el empleo de la violencia física contra los protestantes, la quema de libros, el cierre arbitrario de escuelas laicas, la apertura de causas criminales sobre supuestos sacrilegios, etc. Por eso, la Liga anunciaba que protestantes y judíos españoles encontrarían apoyo de la misma.

Por una Sociedad más Sana, Libre e Igualitaria

Actualmente en las sociedades occidentales, la educación incentiva la autoestima, fomenta la competitividad, favorece el individualismo y no presta atención al razonamiento desde el pensamiento libre, sino que, por el contrario, suele inducir con frecuencia a cierta conceptualización banal, en un muy amplio sector de la ciudadanía, dogmática y parcial.

La pretensión de hacer que las personas, ya desde niños, se integren en un medio que los absorbe y los hace formar parte de una forma de ser conforme a las normas, usos y costumbres de una idea de sociedad y a los dogmas que se practican en dicho medio, constituye un intento de configurar una sociedad a la medida de determinados intereses y de un paquete de ideas, que podríamos denominar, en gran medida, anacrónicas y así amasados emocionalmente pasan a formar parte de un pensamiento condicionado y por lo general mediocre.

Según la teoría psicológica de Enrique Pichon-Rivière, la adaptación se entiende como la capacidad de proporcionar una respuesta adecuada y coherente a las exigencias del medio. Mientras la noción sociológica se centra en la compatibilidad de los hábitos con las características socialmente aprobadas, la psicológica enfoca el problema desde la capacidad intelectual y emocional para hacer frente a las demandas del entorno.

Pero en ningún caso, debe inducir al sujeto a coartar su pensamiento libremente conformado desde la razón analítica y reflexiva.

Pichon-Rivière distingue una adaptación pasiva expresada en comportamientos visibles ajustados a las normas, que sin embargo no implica modificaciones profundas en la estructura psíquica, de una adaptación activa, donde son las propias condiciones pulsionales del sujeto que se transforman, permitiendo a éste un contacto real y adecuado con su medio, pero desestima un molde estereotipado que pueda conducir al individuo a una alienación por la adaptación a la vida cotidiana.

A todo ello habría que agregar hoy, los fenómenos que afloran con el uso de las nuevas tecnologías, la Nomofobia (miedo a no poder usar el smartphone cada vez que se desea), la Whatsappitis (la hiperdependencia a la  aplicación de la mensajería instantánea, especialmente a los grupos), el Phubbing (no prestar atención siempre o parcialmente cuando estás con otras personas, especialmente cuando ignoras o te ignoran, por el uso del aparato), la Cibercondría (cuando el móvil se convierte en médico y cualquier pequeño detalle, síntomas o sospecha es consultada) y eso por citar algunos de los trastornos de la tecnofilia o las filo tecnofilias, o lo que comienza a conocerse  socialmente como las Adiciones a pantallas.

Sin lugar a ninguna duda estos trastornos, contribuyen a la distorsión del comportamiento e inducen, en muchas ocasiones, desde la ignorancia, a conformar personalidades mórbidas, ya que en muchas ocasiones estos factores se asientan en algún trastorno de base en la persona, lo que agrava, en ocasiones, el cuadro psicopatológico.

Estamos asistiendo a un momento en el que algunas prestigiosas universidades y países muy preocupados por su educación están reflexionando sobre el fanatismo filotecnológico. Los profesores asistimos cada día a un deterioro de la capacidad de comprensión lectora muy preocupante. Eduardo Montagut. Doctor y profesor de historia moderna y contemporánea

Todo ello contribuye a reforzar, cuando no a generar, a desarrollar desde los elementos de la propia psique, la Egolatría. Los egocéntricos son personas centradas en sí mismas y con frecuencia de una manera exagerada, de forma que presentan en ocasiones dificultades a la hora de relacionarse, y cuando no, se los percibe como tóxicos en las relaciones interpersonales. Suelen hacer prevalecer la autoridad al análisis o a la reflexión y muchas veces castran el pensamiento libre.

Un ególatra puede tener una personalidad encantadora y comportarse como un déspota a la vez. En las relaciones familiares y de pareja, pero también grupales, son aprovechados y manipuladores. [i]  

“Algunas personas no han entendido que la Tierra gira alrededor del sol, no de ellas”. Quino-Mafalda

Este trastorno no se aleja mucho del trastorno Narcisista de la personalidad. Según el DSM-V (Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales), este trastorno se caracteriza por los siguientes criterios:

La persona narcisista se concibe a si misma exagerando la autopercepción de su importancia, espera ser reconocido constantemente como superior entre sus iguales, suele manifestarse preocupado por su deseo de brillantez y de la influencia que ejerce o puede ejercer desde un cierto poder, concibe que son escasos aquellos que lo pueden comprender y tiende a relacionarse con personas que él considera especiales, son triunfadores o pertenecen a un alto status.

Los narcisistas suelen ser pretensiosos y requieren una admiración desmedida, pero a nivel personal suele comportarse como explotador, en ocasiones seduciendo y no imponiendo y en algunas circunstancias, los entornos en los que se relaciona lo perciben como arrogante.

A las personas con este trastorno les cuesta comprender lo que piensan y hasta los sentimientos de los demás. Sin embargo, detrás de esta máscara de absoluta auto confianza, no están seguras de ellas mismas y reaccionan fácilmente a la crítica.

Pueden sentir que sus relaciones interpersonales son conflictivas y poco satisfactorias, y es posible que los demás no disfruten de su compañía.[ii]

El trastorno de la personalidad narcisista causa problemas en muchas áreas de la vida, como las relaciones interpersonales, claro está, pero también en las organizaciones, en la política o en los asuntos financieros, en lo que no es descartable que se encuentren aquellos relacionados con la corrupción.

Presentan una gran dificultad en comenzar un proyecto o un camino nuevo relacionado con sus actividades; por un nivel inferior, al que consideran una humillación y les resulta difícil integrase en un grupo de trabajo, por el contrario, necesitan, en ocasiones, un grupo que trabaje y él o ellos están para dirigirlos.

Sin embargo, en las sociedades actuales, las personas que presentan trastornos de egocentrismo, narcisismo o que se referencian como tóxicos en los colectivos en los que actúan, no constituyen un alto porcentaje de la ciudadanía, como lo constituyen los personas que padecen tecnofilias y entre todos aquellos que presentan rasgos de personalidad como la Celotipia o el Egoísmo.

La Celotipia es una psicopatología que tiene como eje central una idea falsa de ser engañado o de ser traicionado por alguien al que él ama o cree que le quiere, que cuenta con su amistad o con un vínculo afectivo y no necesariamente debe existir una relación con esa persona y su percepción no tiene ningún argumento lógico o prueba de realidad que lo demuestre. Suele presentarse en personas inseguras, con un pensamiento poco desarrollado, más bien adaptado al medio y ello coincide con la evolución de la personalidad a la que hacía referencia al comienzo de este artículo.

Lo mismo sucede con el Egoísmo, una característica de conducta que alcanza el grado de egocentrismo, pero que de alguna forma presenta un inmoderado sentido de importancia de si mismo, descuida a los demás y busca el reconocimiento de aquellos a los que no les presta la suficiente atención y sin embargo, requiere para sí, lo que a ellos el entorno les otorga.

Pero en su conjunto, sí que son capaces de influir de manera masiva y muchas veces dañina en la sociedad o en los entornos en los que se relacionan y es así como una parte de la sociedad se ve condicionada, por la extrapolación de sus rasgos de comportamiento.

Todas estas conductas, con sus rasgos y trastornos, todas estas personalidades construidas al albur y al capricho de los espacios de socialización que les ha tocado vivir y las transformaciones por los cambios traídos a las nuevas sociedades del siglo XXI nacidas en esta nueva era de las tecnologías, no contribuyen a la constitución de sociedades libres, justas e igualitarias, donde debe primar la conciencia colectiva y una racionalidad libre capaz de aglutinar a la ciudadanía en torno al espacio público.

Sociedades que, de alguna manera, se encuentren vinculadas a través de un ligamen no consciente que se aglutine en torno a la razón y a los componentes culturales que mas allá de cualquier diferencia, haga prevalecer la concordia convivencial. Una vinculación que permita superar cualquier circunstancia traumática, crisis o situaciones de extrema dificultad, en definitiva, una resiliencia, capaz de potenciar la felicidad en el espacio común y público que comparte como sociedad estructurada.

Generar la posibilidad de que a través de la conjunción de voluntades se forme una entidad psíquica capaz de influir en la realidad. De forma similar a lo expuesto por Carl Gustav Jung sobre el inconsciente colectivo.

Un egregor producido por una poderosa corriente de pensamiento colectivo. Cuando un determinado número de personas, ciudadanos/as libres se concentran juntas con el objetivo de hacer posible una comunidad mejor, con intensidad, son capaces de desarrollar, algo parecido a una energía común. Todos sabemos acerca de este efecto estimulante, que podemos comprobar al compartir con otros un buen proyecto y un momento intenso. La actividad concentrada recoge las intenciones de cada uno en una conciencia colectiva que parece llevar el conjunto.[iii]

El esfuerzo para conseguir, lo que aparentemente se encuentra en la utopía, lo encontraremos en la educación, una formación dirigida a combatir la ignorancia, a conseguir un pensamiento libre y racionalista, una educación que pueda alejarnos de las fobias y acercarnos a comprender las diferencias, una educación capaz de componer un mestizaje universal basado en el respeto, la igualdad y centrado en la propia persona, en el propio sujeto, mas allá de cualquier tecnología, que paulatinamente en la evolución de la personalidad, nos conduzca a construir personalidades significadas por la felicidad, que no es otra cosa que encontrarse a si mismo y libremente formar parte del todo.

[i] https://lamenteesmaravillosa.com/egocentrismo-el-culto-al-yo/
[ii] https://www.mayoclinic.org/es
[iii] Lucile de La Reberdiere INREES – Institut de Recherche sur les Expériences Extraordinaires

Sopar Col·loqui de final de cicle 2022-2023

El Club Liber Cogitatio celebrarà, el proper divendres 30 de juny, el sopar debat de Sant Joan amb el que es farà la cloenda del cicle 2022-2023, amb una ponència de Karina Gibert que tractarà sobre «Ètica i Intel·ligència Artificial».

Us hi esperem!

LIBREPENSAMIENTO Y MUJER EN LA ESPAÑA DEL XIX: EMANCIPACIÓN Y PATERNALISMO, por Eduardo Montagut

Al igual que en relación con el sufragio, la militancia en las fuerzas republicanas y obreras, y la participación en la masonería, en el ámbito del librepensamiento a la hora de tratar sobre la mujer, durante el siglo XIX, hemos constatado que se basculó entre la defensa de la emancipación de la misma y el ejercicio de un indudable paternalismo.

En este breve apunte queremos demostrar nuestra afirmación en el mundo del libre pensamiento a través de un texto significativo que publicó Las Dominicales del Libre Pensamiento, es decir, en el periódico más vinculado con la defensa del librepensamiento en la España entre el siglo XIX y el XX, que salió en enero del año 1906. No lleva firma, pero imaginamos que fue escrito por algún redactor o corresponsal del semanario.

La tesis, semejante a la que se terminaría por defender en algunos sectores políticos en relación con el derecho al sufragio femenino en el siguiente siglo, se basa en la supuesta constatación de la minoría de edad de la mujer en lo político e intelectual, fruto, más que por la dominación masculina secular, por la influencia o poder de la Iglesia sobre la misma. El clero manipularía a la mujer en lo político, pero también en relación con la educación y moral que enseñaban en casa para perpetuar, por un lado, el dominio de los sectores políticos conservadores, y, por otro, de la propia Iglesia Católica en la moral, conductas, educación y valores.

El medio más eficaz para combatir el clericalismo, según se afirmaba en la columna, debía basarse en “descatolizar” la mujer. Era responsabilidad de los hombres librepensadores emprender esta tarea para enseñar a la mujer el camino correcto. Así pues, bien es cierto que se buscaba o pretendía defender la causa de la libertad de conciencia en relación con la mujer, pero ésta se encontraba para ellos en una posición que podríamos definir de minoría de edad.

Esa labor pasaba por mostrar a la mujer el mal que se hacía a sí misma mientras permaneciese en ese estado de ignorancia, pero no se cuestionaban, en realidad, las causas por las que la mujer no tenía la misma educación que el hombre, y no se realizaba ninguna autocrítica sobre el dominio que el hombre, independientemente de sus ideas, ejercía sobre la mujer.

Esa labor pasaba por mostrar a la mujer el mal que se hacía a sí misma mientras permaneciese en ese estado de ignorancia, pero no se cuestionaban, en realidad, las causas por las que la mujer no tenía la misma educación que el hombre, y no se realizaba ninguna autocrítica sobre el dominio que el hombre, independientemente de sus ideas, ejercía sobre la mujer.

Esa supuesta ignorancia le hacía a la mujer “creer en una divinidad que no existía” y mientras adorase imágenes y símbolos y estuviera en los confesionarios, el librepensamiento no tendría la fuerza que debía de tener. Así pues, sin dudar de que se podría pretender la emancipación de la mujer en este terreno del libre pensamiento, también es cierto que el objetivo final era el progreso del libre pensamiento en general, siendo el principal obstáculo la mujer.

La columna periodística casi era un llamamiento a los librepensadores para que se conjurasen en el deber de apartar “esa imbécil superstición de la mujer”.

Todo pasaba por la educación desde niñas para cuando saliesen de la escuela laica se apartasen de los templos.

El autor criticaba el papel hasta ese momento de las madres, porque con su dependencia del clero inculcaban a sus hijos el fanatismo religioso.

En conclusión, para que se produjese el triunfo del librepensamiento había que alejar a la mujer de todo lo referido a la religión, y, en segundo lugar, emprender una labor educativa.

Hemos consultado el número del doce de enero de 1906 de Las Dominicales del Libre Pensamiento.

LA MUJER Y EL DIVORCIO EN FRANCIA: LA LEY NAQUET, por Eduardo Montagut

Alfred Naquet

El divorcio por mutuo acuerdo e incompatibilidad llegó con la Francia revolucionaria en 1792, pero la Restauración lo derogó, y no fue hasta 1884 con la Ley Naquet cuando se reintrodujo este derecho, aunque no permitía el mutuo acuerdo, algo que tuvo que ser reformado en 1975.

El médico, químico y político Alfred Naquet (1834-1916), que se destacó por su lucha por la separación de la Iglesia y del Estado, tuvo que empeñarse para poder restaurar el divorcio en Francia. Tuvo varios fracasos, pero consiguió que fuera una cuestión que se debatiera en la primavera de 1884. El debate fue intensísimo porque fue uno de los temas donde se enfrentaron dos mentalidades: la católica y la laica, generándose una verdadera campaña mediática antisemita contra el político. Al final salió la Ley con una amplia mayoría, gracias al apoyo de las distintas izquierdas.

La Ley no establecía el divorcio por mutuo acuerdo o por incompatibilidad de temperamento, como hemos expresado. Se necesitaba demostrar que había habido excesos, abusos, graves agravios o que había condena de una “pena afligida o infame” que hiciera imposible o intolerable mantener el vínculo matrimonial. La prueba de la culpa era, por lo tanto, fundamental para que se dictase una sentencia de divorcio. El divorcio podía ser solicitado tanto por el marido como por la mujer, pero ahí comenzaba otro problema, además del enunciado sobre la falta del mutuo acuerdo. Nos referimos a si existía o no un plano de igualdad entre el hombre y la mujer a la hora de ser atendida una demanda de divorcio.

No podemos contestar con rotundidad a esta pregunta, pero sí hemos querido aportar la opinión vertida en una revista socialista española, Vida Socialista, de octubre de 1912 donde se reflexionaba sobre esto, y presumiblemente para el caso francés porque en España no había divorcio. Es una opinión, un testimonio y una crítica, pero creemos que puede ofrecernos alguna pista.

Efectivamente, hemos encontrado un artículo, firmado por “Vice Gama”, titulado “El divorcio unilateral” donde se afirmaba que con la ley vigente la mujer no conseguía casi nunca el divorcio contra la voluntad de su esposo. La prueba de los hechos le era costosa, y se convertía en la “parte débil”, y la ley no parecía amparar a esta parte porque, en opinión del articulista, no quería “ponerse a mal con el más fuerte”. Afirmaba, además, que conocía muchos casos.

En esta indefensión jugaba el hecho de que, al parecer, la ley vigente les restaba a las esposas el testimonio de los descendientes y hasta la “confesión del victimario”, que podría obtenerse mediante un interrogatorio, aunque esta excepción, explicaba, era contradictoria con otra disposición de la misma ley, que expresaba ser suficiente el testimonio de la sentencia recaída en el juicio criminal que se hubiera seguido, cuando ella podría estar perfectamente basada en la confesión. El autor propugnaba, en conclusión, que se estableciese de inmediato el divorcio cuando lo solicitase insistentemente la mujer y se demostrase ante la justicia que no era fruto de un arrebato sino la constatación de una situación de “amargura o de martirio”. El artículo se publicó en el número 139 de Vida Socialista (1912).

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